“Corremos para sobrevivir”

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Esta imagen de hombres corriendo, para lograr un crédito, es común en La Parada.

La mayoría de los “trocheros” o maleteros que hacen vida en La Parada son venezolanos. La crisis del país los empujó a aventurarse por estas zonas

Bajo el sol abrasador, típico de la frontera, decenas de jóvenes y adultos venezolanos se aglomeran a diario y desde tempranas horas de la mañana, en la autopista que conecta con La Parada, en Colombia, para correr detrás de los taxis que arriban a la zona y así lograr un cliente a quien cargarle la maleta o bolsa.

La dinámica, con tan solo verla, es agotadora. En ese tramo vial, los “trocheros” o maleteros, como se les conoce, suelen asociarse entre varios para asegurar un cliente. «Entre tres nos ponemos de acuerdo y nos ubicamos a distancias considerables, y nos vamos gritando la marca del carro, hasta que se estaciona», relató  Estiven Palacios, de 25 años, oriundo de Barquisimeto, estado Lara.

De su tierra migró hace un año por la crisis. «Comencé trabajando en la avenida Venezuela, en San Antonio. Ahí tenía un puesto de ventas de chucherías», precisó, para luego señalar que ante el cierre de los puentes, el pasado 23 de febrero, «me vi obligado a trabajar como ‘trochero’».

—A pesar de que ya se abrieron los puentes para el paso peatonal, me quedé en esto. Mi novia es quien atiende el puesto -contó Palacios-. Aunque muchos de sus compañeros duermen en la calle, logró alquilar una habitación en La Parada, donde vive con su pareja.

«Cuando los días son muy buenos, gano hasta 70.000 pesos. Otros días, solo 25.000 o 30.000. Todo depende del movimiento y flujo de gente»,  puntualizó quien anhela regresar a su tierra, con su familia. «Por los momentos, no; pero en un futuro, sí», dijo.

La experiencia de Jesús Ventura le permite movilizarse con más confianza.  Hace tres años dejó Punto Fijo, estado Falcón, para probar suerte en Colombia. «Decidí quedarme en La Parada porque aquí se gana más. Si uno se va más lejos, es peor, y se gana menos», argumentó.

Sus primeras vivencias, detalla Ventura, estuvieron signadas por la xenofobia. «Ya con el tiempo, uno aprende a no dejarse afectar por ciertas actitudes de terceros. Ya estoy curado de eso», aseguró.

«Todos los días me levanto con ganas de trabajar, porque si uno se pone a descansar, el cuerpo amanece adolorido», enfatizó. A sus 30 años, y con cinco hijos, se monta las maletas al hombro «y las paso por los caminos verdes o por el puente; el cliente decide. Con lo que cobro, ayudo a mi familia», aseveró.

 

La calle, el hogar de muchos

Dany Rodríguez, de 37 años, llegó a La Parada hace siete meses, acompañado de su esposa e hija, de cuatro años. «La situación nos empujó a abandonar Valencia. Allá no comíamos bien, pues lo que yo percibía como albañil no nos alcanzaba», dijo.

El escenario de Rodríguez es complejo. La calle se ha convertido en el hogar de él y los suyos. ”Nos acostamos en una acera y, gracias al techo del local, no nos mojamos cuando llueve», explicó, con la voz ya entrecortada.

«Mi hija me dice a cada rato: ‘papá, vámonos’. Eso me rompe el corazón», manifestó Rodríguez, mientras enseñaba la marca que le dejó en el rostro una pelea que sostuvo con otro “trochero”, con quien se disputaba un cliente.

«No es fácil. Hace tres días, la policía de Colombia me agarró y me destruyó mis lentes, y me decían que me iban a quemar el maletín. A mi esposa le gritaban que se marchara. Los funcionarios decían que estaba haciendo cosas indebidas, pero lo que hago es esto, cargar bultos», arguyó.

Frente a este panorama, Rodríguez tiene pensado regresar a Venezuela. «Voy a trabajar unos días más, para conseguir el dinero de los pasajes y así irme con mi familia».

Jonathan Maldonado