sábado 11 julio, 2020
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En las busetas son cada día más los que buscan su sustento diario

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Los que ya llevan tiempo en el oficio saben que la competencia ha crecido exponencialmente


Freddy Omar Durán

Si antes era uno que otro el que se subía a una buseta para vender chucherías, productos de hogar, exponer su arte a cambio de una colaboración, o sin ambages acudir a la caridad de las personas, hoy uno tras otro esperan su turno, como se ve en especial en aquellas rutas suburbanas de San Cristóbal ubicadas en las cercanías del Terminal y la Villa de los Buhoneros, puntos donde se han concentrado en estos tiempos de cuarentena.

Estos tiempos especiales en vez de esconder a los informales que abordan busetas minutos antes de que estás emprendan su correspondiente ruta, los ha acrecentado, habida cuenta de que las opciones para obtener ingresos seguros se han reducido, y esta ha sido una forma de lograr algo para el sustento diario, y lo mejor, en efectivo, preferentemente en pesos.

Al principio eran frecuentes los roces con los choferes, e incluso con pasajeros, entre fastidiados e intimidados con su presencia. Pero poco a poco, han sido más tolerados, en parte porque su perorata, se ha convertido en la representación de la realidad de quienes deben luchar por su sobrevivencia y la de los suyos, a como dé lugar, sin hacerle daño a nadie. Muchos le son indiferentes, otros están pendientes de adquirir lo que ofrecen, algunos aprenden…pues no saben si terminen en las mismas condiciones.

Condiciones que como ellos mismos insisten, no los avergüenzan, en tanto la han preferido, a las actividades ilícitas.

“Le cura el insomnio, le pone los ojos azules, le quita el mal genio, le espanta las suegras…”. Con este discurso un vendedor en una buseta no solo se ganó las sonrisas del auditorio, sino el favor de más de un comprador; y es que no son pocos  encarnan una estrategia de mercadeo particular, muy necesaria hoy en día, sobre todo cuando deben aguardar su turno, luego de que ya otros han dispuesto de la capacidad adquisitivas de los pasajeros. Cuando uno baja, ya el otro está subiendo. Es obligatorio conservar la buena actitud, en una unidad casi siempre repleta de pasajeros, muchos de los cuales ya sienten la aprehensión por aquello del covid-19.

Según testimonio de Carlos Alberto Ochoa, en un día de máxima confluencia de personas, como el día sábado en denominado Mercado de Dimo, que se ha expandido por toda la prolongación de la Quinta Avenida, pueden estar laborando 40 informales. Entre ellos mismos intentan en paz establecer un control, y si bien no gustan mucho de la mendicidad, la permiten cuando la triste condición del necesitado así lo amerita.

–Hay muchos pedidores (mendigos) –afirma Ochoa– y eso no los dejamos mucho aquí, pero nosotros sabemos que hay quienes ni tienen para el “plante” (mercancía), y hay que dejarlos. Otros lo hacen por mala costumbre. Pero sea como sea, como venezolanos que somos nos tenemos que ayudar los unos a los otros. La cosa está un poco difícil; pero con la ayuda de Dios vamos “palante”. Para nadie es un secreto que esto es más caótico, y se pone la cosa dura.

Expresa que se ha establecido una buena relación  los choferes, conocedores y hasta identificados con sus urgencias personales

— La mayoría de los choferes son buena gente, son panas, y nos dejan trabajar.

Por su hijo

A Yocelys Nieto, con una bolsa de chupetas, insistió en ocupar un resquicio en ese rebaño de vendedores no le fue fácil; sin embargo, una razón la llevó a insistir: su hijo de 4 años. Su apariencia infantil engaña, pues tras ella se esconde una mujer adulta.

–Estoy en estos desde cuando era chamita; lo hacía más que todo en el viaducto. A veces me reclaman porque hay muchos vendedores. Con este trabajo, alcanza para que comamos mi hijo y yo.

La población de economía informal se puede dividir en distintas categorías, dependiendo de la expectativa de mercado del vendedor, y su grado de penuria: los hay desde el que carga un discurso publicitario muy bien elaborado, y una mejor presentación personal; pasando por el que va al grano y apela a la buena fe del comprador y sus necesidades más básicas; hasta el que simplemente disfraza en su oferta una forma de mendicidad, aunque en este sentido, son más los que ya no tienen nada que ofrecer, y en nada se amparan, justificándose como  víctimas de la crisis económica del país, o exhibiendo impúdicamente las deformidades y accidentes corporales, que los ha arrojado a la calle tras la caridad del prójimo.

De otro lado, una multiculturalidad nacional se manifiesta dentro de ese universo. Personas ya dedicadas a ese modo de supervivencia han encontrado en el estado Táchira, un terreno idóneo para su actividad. Como le sucedió a una mujer ya entrado en los 30 años, que prefirió reservar su identidad.

–Yo tengo más de 15 años vendiendo en las busetas. Yo soy de Puerto La Cruz en el estado Anzoátegui. Estoy haciendo esto por la necesidad que se está viviendo también actualmente con esto de la pandemia. Tuve que trasladarme hasta acá, con la intención de buscar una mejor vida para mí y para mi familia. Allá está más duro que acá; al menos este es un estado fronterizo. ¿Me entiendes? Hoy veo mucha más gente que se han lanzado a ganarse el día a día en esta forma tanto en las busetas como caminando. Yo le digo que me ni va bien ni me va mal. Que si para la harinita, que si para el arrocito… sobreviviendo mi hermano.

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