jueves 27 enero, 2022
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“Ahora más que nunca debemos demostrar nuestra vocación de servicio en medio de la pandemia”

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“Mi esposo me dice cuídate que en casa te esperamos. Y mis niños me dicen mamá no vaya que el coronavirus es malo. Quédese con nosotros. Pero les doy un beso en la mejilla y les digo que es mi trabajo y mi deber”


Raúl Márquez

Ella más que nadie es consciente de que debe seguir al pie de la letra los protocolos de rigor. Un proceder que no solo le dicta su conocimiento, su profesión como enfermera, abonada en más de doce años de experiencia en la sala de preventivos del Hospital de El Piñal. También está su corazón de madre, de esposa, de hija que la impulsa a hacerlo. Cuidar de ella y de los suyos para poder ayudar a los demás, no es una opción para Carmen Nieto, es una responsabilidad que asume cada día, con valentía y fe.

Desde la llegada del COVID-19 a Fernández Feo, tras confirmarse el caso del joven de 16 años de Chururú, los titulares que daban cuenta de la pandemia en otros países se convirtieron para ella en una amenaza latente y cercana.

Apegada a la vocación de servicio, Carmen Nieto, lleva a cabo su labor diaria como enfermera en medio de una pandemia que amenaza al mundo.

En tal sentido, a pesar del temor inicial y el de los suyos, ha asumido su rol con la disposición de siempre, formando parte del equipo médico que se encarga de realizar las pesquisas, casa a casa. “Hemos realizado jornadas comunitarias, en cuanto a despistaje a domicilio, pruebas rápidas para COVID-19 cuando es necesario y, aunado a esto, vacunación para los niños menores de 10 años de edad”, precisa.

Mi familia se mudó donde mis padres

Con los cabellos oscuros retenidos en una gorra de quirófano azul transparente y portando un tapaboca rosa, confiesa que algunas cosas importantes cambiaron para ella desde el momento en que los tentáculos de la pandemia tocaron suelo tachirense. Entonces, era perentorio para su seguridad sanitaria y la de su esposo e hijos blindarse y no dejar ningún resquicio al enemigo invisible, que ha cobrado tantas vidas a nivel mundial.

“Decidimos junto con mi esposo, que él y los niños tendrían que mudarse a la casa de mis padres, ubicada en el sector Isla de Betancourt. Allí mamá cuidaría de ellos. Éramos conscientes de que se aproximaban largas jornadas de trabajo para mí, en donde estaría en contacto con miles de personas”, comenta.

Al caer la tarde, la licenciada en Enfermería cumple, de manera rigurosa, el protocolo de prevención que le proporciona la tranquilidad necesaria para seguir adelante, para compartir con su familia y abrazar a los suyos sin preocupación.

“Cuando salgo de la jornada laboral voy a mi casa de El Piñal con toda la prevención del mundo; me quito los zapatos, los lavo. Asimismo, me quito el uniforme y de una vez lo lavo con suficiente jabón y agua tibia. Luego me ducho muy bien, lavándome con esmero el cabello, puesto que el virus se puede alojar en éste. Después, me dirijo a casa de mis padres, a encontrarme con mi esposo e hijos, pues desde que comenzó la cuarentena, decidimos que mejor se mudaran para allá”, comenta con voz serena.

La enfermera Nieto, relata cada paso del riguroso protocolo de seguridad al llegar a casa, tras una larga jornada.

De este modo, se abre un paréntesis de sosiego al compartir con los suyos; a veces, aún sin quererlo, suele referirse al trabajo realizado, pero luego se relaja, tratando de recargar energías para la mañana siguiente, que empieza desde muy temprano.

“Mi esposo me dice cuídate que en casa te esperamos. Y mis niños me dicen mamá no vaya que el coronavirus es malo. Quédese con nosotros. Pero les doy un beso en la mejilla y les digo que es mi trabajo y mi deber”.
Luego emprende camino a El Piñal y en unos veinte minutos está de nuevo en el área de preventivos del primer centro de salud del sur del Táchira, en donde el equipo planifica la jornada del día.

Algunos piensan que los vamos a contagiar

Reflexiona sobre el trabajo diario, de las visitas realizadas a las comunidades y de la manera como la colectividad ha reaccionado a esta emergencia mundial, generada por el COVID-19, que ahora nos enseña los dientes a la vuelta de la esquina.

“Muchas personas al vernos llegar a sus casas muestran cierta resistencia, nos miran de arriba abajo como si lleváramos el virus en nuestras ropas. No es siempre, pero suele suceder. Luego se relajan y podemos trabajar como es debido,” comenta.

A veces también ha sido presa del temor, como cuando en una de las visitas domiciliarias tocó a la puerta de una familia en Chururú y, en medio del interrogatorio que es parte del protocolo, supo que eran familiares del muchacho que había resultado positivo días atrás.

“Siempre estaremos expuestos como profesionales de la salud, pero, sin duda, esto que estamos viviendo es algo inesperado, que en circunstancias como la que acabo de contar, sobrepasa nuestra experiencia, y toca nuestra fibra como humanos, que tememos, que sentimos”, reflexiona la joven enfermera.

Finalmente, indica que tal y como se ha dicho en algunas partes del mundo, a propósito de la grave emergencia originada por el nuevo coronavirus, ojalá los gobiernos de las potencias comprendan el rol que los equipos médicos juegan cada día y se les dé el valor correspondiente, y su sueldo y beneficios, se equiparen con su vocación.

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